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Dimanche 5 septembre 2010


Apuntes Históricos

Sinopsis Histórica de Barbate.

Pablo Malia (Pablo El Maltés).

Baessipo y sus Conservas Pesqueras.

 

 

 

 

SINOPSIS HISTÓRICA DE BARBATE

Desde la Prehistoria todo asentamiento en Barbate se ha vinculado al mar, una gran riqueza marina, auspiciada por el río que da nombre a la ciudad, ha posibilitado la estancia en estos lugares de gentes desde los tiempos más remotos. Recientes excavaciones lo demuestran, siendo el material lítico abundante y vinculado a las grandes posibilidades de alimentos que ofrecía nuestra costa.
Históricamente, se atribuyen a  los fenicios las  primeras explotaciones de nuestros recursos de forma organizada. Fueron ellos los que implantaron en nuestras costas el sistema de la almadraba, introduciendo al antiguo Barbate en el llamado circuito del Estrecho. Los cartagineses, parientes de sus antecesores fenicios, tomaron el relevo y a partir de entonces, allá por  el siglo V a. C., los griegos de Atenas comienzan a mencionar el garum procedente del litoral gaditano. Se trataba de una especie de salsa elaborada a partir de atún, morena y caballa.
  ¿Cuándo y dónde aparece el asentamiento feno-púnico en Barbate? No lo sabemos. Seguramente en cualquier fecha posterior al siglo X a.d.C., en la que ya están en las inmediaciones de Cádiz (Doña Blanca). Ningún yacimiento arqueológico ha mostrado hasta ahora de forma clara la presencia de los fenicios en esta zona, no obstante haber aparecido restos de ánforas en las inmediaciones del río, vía supuesta de introducción y extracción de mercancías. Es posible que la ocupación púnica o indígena-púnica se haya efectuado de forma análoga a Bolonia, es decir, haya existido un asentamiento en algún lugar alto próximo a la ensenada barbateña previo a la llegada de los romanos. Lo cierto es que el nombre de Baessipo, con el cual se conoció a Barbate en la antigüedad, es anterior a Roma (es muy probable que tenga un origen celta). Lo pone de manifiesto Plinio el Viejo, allá por el siglo I d.C., diciendo que era un puerto y una ciudad estipendaria, esto es, que pagaba tributo por su resistencia a la ocupación romana.
   Pero tanto Baessipo como tolas ciudades de la Bética (Andalucía Occidental) aceptaron pronto el dominio romano, es más, se beneficiaron en sumo grado de él. Es entonces cuando toda la zona del Estrecho cobra mayor entidad, y ello debido a dos circunstancias principales: la seguridad impuesta por el imperio (Pax Romana) y la ampliación de los mercados con las posibilidades que ello implicaba para una economía de producción a lo largo de las costas del Estrecho. En consecuencia, el núcleo de población existente en época romana a la boca del río ha de ponerse en relación con todo el rosario de factorías existentes en las costas del sur peninsulares y del norte africano. Esta economía de producción fue haciéndose más rentable a medida que el Imperio Romano crecía y se consolidaba, por ello no es de extrañar que su cenit tarde en llegar y lo haga en una época considerada de crisis en muchos aspectos, pero que indudablemente no lo fue para la zona gaditana, al menos en cuanto a las factorías de productos pesqueros. De hecho, aún tras la invasión de pueblos germánicos, los centros productivos, tal como se ha constatado en el mismo Barbate, siguen funcionando, y su eclipse no llegará hasta que la demanda, principalmente itálica, no se eclipse en virtud de la quiebra total del Imperio.
   Son numerosos los vestigios de la antigua Baesippo que han podido constatarse: un supuesto templo dedicado al dios Mitra pudo haberse ubicado donde hoy se halla la Casa de la Cultura. Sus restos aparecieron en la década de los 60 y no se realizó una excavación en toda regla que hubiese despejado dudas; la necrópolis de Barbate es conocida al menos desde el siglo XIX, y por su extensión debía responder a un asentamiento importante; en cuanto a la vinculación de Barbate a la economía pesquera, recientemente se han realizado unas excavaciones de una factoría de salazones en el casco antiguo, las cuales vienen a demostrar científicamente lo ya conocido o supuesto por fuentes escritas u orales.
   Con la caída del Imperio Romano vuelve la inseguridad a las costas, y se pierden –como queda dicho- los mercados tradicionales, al tiempo que se producen dos hechos de importancia en los posteriores siglos: el triunfo del Cristianismo sobre las religiones paganas y la condición del predominio del mundo rural sobre el urbano. Ambos se van a hacer patentes aquí con la fundación de varias ermitas, entre las que destaca la de San Paulino (actual ubicación de la Casa de la Cultura de Barbate); la de San Ambrosio (todavía conserva parte de su primitiva estructura) y la de la Oliva (a 5 Km de Barbate y en el término de Vejer, conserva el testimonio de su fundación).
   Los avatares de la Reconquista convertirán esta zona en línea fronteriza, despoblada hasta el punto que Alfonso XI (mediados del XIV), establece el perdón a los homicidas que vengan con armas a Tarifa un año y un día. Parecida suerte debieron de tener nuestras almadrabas, pues en poco tiempo adquirieron fama por la baja ralea de su gente. Las tierras conocidas como Hazas de la Suerte formaron parte de aquellos incentivos que concedieron los reyes en su deseo de proteger la frontera y repoblar la zona. En la larga guerra contra los árabes tiene su origen la Casa Ducal de Medina Sidonia, que extenderá sus dominios por toda la comarca y explotará sus almadrabas.
Expulsados definitivamente los seguidores de Mahoma de España, la inseguridad en las costas se acentúa, erigiéndose durante el siglo XVI junto al río Barbate el Castillo de Santiago, destinado a proteger su entrada, además de levantarse por orden de Felipe II una serie de torres-vigía a lo largo del litoral de las que pertenecen en nuestros alrededores la del Tajo, Meca y Camarinal.
   A finales del siglo XVIII llega a Barbate un maltés llamado Pablo Mallía, primero de los sucesivos inmigrantes que irán conformando el carácter del pueblo, según recoge una tradición que ha pasado de padres a hijos, y que viene refrendada por la existencia de numerosos testimonios documentales.
   En los inicios del siglo XIX un acontecimiento bélico convierte a Barbate en el centro de atención de la política nacional. Aliada del ejército francés, la armada española al mando de Villeneuve sufrió una terrible derrota el 21 de octubre de 1805 frente a la escuadra inglesa dirigida por Nelson. La batalla, que tuvo como escenario las aguas de Los Caños de Meca frente al Cabo Trafalgar, tomó de éste el nombre para pasar a ser conocida como uno de los episodios más desdichados de la historia naval española.
   Durante todo el siglo XIX la localidad pasa por ser una pequeña y humilde aldea de la que apenas queda constancia, como la de un incendio que la asoló (mediados del XIX) cuando apenas contaba con cincuenta vecinos. Con la explotación de las almadrabas por la familia Romeu a finales de XIX, se produce el gran revulsivo que la economía local necesitaba, multiplicándose la población por veinte en poco tiempo.
   A principios del XX Serafín Romeu Fages, culto, burgués monárquico y liberal mostró interés en la mejora del pueblo y costeó o ayudó a financiar varios edificios, como el Pósito de Pescadores, el actual cementerio o un colegio a las afueras del pueblo (hoy Parvulario y oficina de Fomento).
   Mientras tanto, la gran actividad pesquera desplegada por la villa en las costas norteafricanas –merced al protectorado español ejercido en Marruecos y a la introducción del motor en los barcos de vela-  lleva a un apogeo económico y social sin precedentes que la convierte en el segundo puerto pesquero de España por volumen de capturas, superando en población al municipio matriz de Vejer por vez primera en su historia. De esta época han quedado en la memoria colectiva personajes como, además de Serafin Romeu, el escritor Miranda de Sardi, el empresario Aniceto Ramírez, el farmacéutico Tato Anglada... Ellos promovieron la salida a la luz pública de tres diarios: El Heraldo de Barbate, La Independencia de Barbate y El Destello. Todos lograron concienciar a una gran parte de la población de la necesidad de independizarse del municipio matriz de Vejer. Esta desvinculación se produjo en 1938 y Agustín Varo Varo sería el primer alcalde pedáneo de Barbate.
   En plena vitalidad económica y demográfica se inaugura el nuevo puerto pesquero (1961), logro empañado pocos años después por las medidas restrictivas marroquíes en relación con los caladeros tradicionales de Barbate. El crecimiento poblacional, acelerado desde la independencia, tocó techo en la década de los 60, llegando a contabilizarse –fuera de censo- a unos 25.000 habitantes. El sector turístico, en principio minusvalorado, fue adquiriendo importancia a la vez que entraba en declive el pesquero, precisamente cuando el consumo de pescado alcanzaba en España cotas inusitadas y había ya que importarlo de otros países.
   La expropiación de la Sierra del Retín (incluyendo las Hazas de la Suerte) por el Ministerio de Defensa en 1982,  la declaración como Parque Natural de los Montes de la Breña y el acantilado (junto, más tarde, con las marismas) por el Parlamento Andaluz en 1988, y el fin de los convenios pesqueros con Marruecos coincidiendo con el ocaso del siglo XX, son los  acontecimientos más señalados en la vida de Barbate en estas últimas décadas.

 


 
PABLO MALIA, EL MALTÉS
 
Gran parte de la historia viva de Barbate la atesoran nuestros mayores, desvanes latentes de la memoria que tienen en ello un motivo más para ser respetuosamente escuchados. Esto es, a grandes rasgos, lo que nos cuentan algunos de ellos por tradición heredada de padres a hijos:
El fundador de Barbate fue un maltés llamado Pablo Malia. Salió de Malta despechado porque su padre favorecía a un hermano suyo. Desembarcó en Gibraltar y durante algún tiempo se dedicó a vender quincalla por diversos pueblos de la provincia. En Conil conoce a "Tía Juana Barrera", una viuda que se reía de él cuando le oía pregonar la mercancía. "Sí, ríete, pero conmigo te habrás de casar", le replicaba el maltés, y así fue. Para el matrimonio, Pablo aportó un pergamino con letras de oro. Algunos dicen que con ese pergamino el Maltés demostraba a los padres de Juana que procedía de una familia noble, puesto que la familia de ella era de dinero.
Después de casarse, Pablo dejó la venta de quincalla y se dedicó a la jábega. Los pescadores conileños solían venir a la costa barbateña a pescar, y así fue como Pablo conoció estos sitios. Lo suyo era el trapicheo, aprovechar el pescado que otros no querían y que, una vez salazonado, vendía a lomos de una mula en los conventos cercanos. Al poco tiempo, Pablo comprendió que si pescaba en Barbate, lo mejor era trasladarse aquí. Pero su mujer no quiso acompañarlo, y cuando ella le mandaba recado con otros pescadores para que le enviase dinero, el Maltés le replicaba que lo que ella tenía que hacer era venirse para Barbate. Pero "Tía Juana Barrera" no quería porque consideraba a Barbate una "tierra de lobos". Al final la obligó la necesidad, y acabó instalándose con su marido en Barbate. Aquella fue la primera casa que se hizo en el pueblo.
Pablo tuvo cinco hijos: Rosa, que se casó en Vejer; Manuel, el pequeño, que se marchó a La Habana para prestar el servicio militar, y allí murió desangrado cuando un caimán le arrancó una pierna; Alonso, que se casó con una vejeriega y se instaló en Barbate; Miguel, que sólo tuvo hijas, y (según algunos) José, primero que fue a pescar a Marruecos con una embarcación con cubierta.
Los malteses levantaron sus chozas cerca del río, y si se quedaron fue por que tenían la cabeza muy dura, pues cada vez que venía una “levantera” fuerte las chozas salían volando. Pero ellos volvían a hacerlas, porque era en Barbate donde querían vivir, no en otro sitio.
Esta es,  grosso modo, la historia del Maltés que se ha ido transmitiendo de una generación a otra y que ahora se halla en trance de desaparición en su forma clásica bajo la imposición de la letra impresa. No hay que olvidar que las tradiciones orales sólo perviven en pueblos que desconocen la escritura, la necesidad de mantener vivas las propias raíces es anterior a la capacidad de reflejarlas en cualquier tipo de soporte documental. Si ésta ha permanecido “a pesar” de la escritura, ha sido por la cercanía y porque nadie se preocupó de reflejar esta leyenda por escrito.
Es de notar que no existen en esta tradición elementos fantásticos ni inverosímiles que la hagan sospechosa de ingeniosa invención. La tradición de Pablo era y es la demostración palpable de que los pueblos, como las gentes que los componen, no pueden vivir sin memoria. Pero, ¿por qué Pablo Malia y su familia originó una tradición oral en Barbate y no otros linajes de parecido abolengo, como pudieran ser los Varo o los Muñoz?
Viaje al poniente
Malta es un archipiélago situado en el centro mismo del Mediterráneo, formado por cinco islas, tres de ellas habitadas: la que da nombre al archipiélago, que es también la más densamente poblada, Gozo y Comino.
La extensión total de estas islas es de 316 kilómetros cuadrados, o sea, poco más de dos veces el término de Barbate, que posee 136 kilómetros cuadrados. Como ha ocurrido con nuestro pueblo, la situación geográfica privilegiada de Malta ha  llevado al archipiélago a padecer desde antiguo las apetencias de sucesivos pueblos: allí se han sucedido fenicios, cartagineses, romanos, vándalos, ostrogodos, bizantinos, musulmanes, normandos, aragoneses, franceses e ingleses. Tal confluencia de genes hace del maltés común un tipo abierto y con mentalidad negociadora, sin un perfil racial fijo y rara vocación aristocrática, por lo que la xenofobia le es totalmente ajena. Es por tanto el ciudadano de Malta parecido en extremo al individuo andaluz, no en vano ambos forman parte de ese gran árbol mediterráneo que posee diversos caracteres comunes.
Los contactos de la península ibérica con Malta vienen de antiguo, hasta el punto que el archipiélago acabó perteneciendo a la corona española. Pero, en 1530, Carlos I lo cedió a la que con posterioridad sería La Orden de Malta, que lo conservaría hasta 1798, año en que fue conquistado por Napoleón. En 1800 los ingleses se apoderarían de él, y no fue hasta 1964 que alcanzó su total independencia, estableciendo su capital en la ciudad-puerto de La Valleta.
La religión mayoritaria en Malta es desde hace siglos el Cristianismo, y el santo patrón de la isla es San Pablo, pues según la Biblia allí arribó el apóstol tras un naufragio. Por eso es tan común el nombre de este santo entre los malteses.
En Malta siempre existió una gran emigración, lo que no ha impedido que el archipiélago sea hoy el lugar con más alta densidad de población de toda Europa. Uno de los mayores saldos migratorios se produjo en el siglo XVIII, centuria en la que sale Pablo Malia.
Carmel Vasallo, historiador maltés, ha rastreado el paradero de muchos compatriotas que salieron en aquellas fechas. Uno de los destinos preferidos fue España. El Levante español los acogió en gran número, de tal forma que en zonas como Alicante o Valencia hubo calles que fueron bautizadas con el patronímico de los recién llegados, tal como pasó en Barbate, donde hasta principios del siglo XX hubo una calle llamada "Los Malteses". La gran mayoría de esos malteses afincados en España se dedicaron a negocios de compra y venta, algo parecido a lo que en nuestros días hacen los marroquíes o sudsaharianos que desembarcan aquí con sus tenderetes.
Uno de los destinos favoritos de los emigrados malteses fue Cádiz, otra isla (que no sólo recuerda a La Habana, también a La Valletta), por ser su puerto un hervidero de negocios mercantiles en pleno siglo XVIII, merced a su vinculación directa con el comercio americano. De hecho, uno de cada siete gaditanos no era natural de la tacita, llegando ésta a poseer la mayor concentración de extranjeros de toda Europa. En Cádiz, los malteses constituían, de acuerdo con un censo de extranjeros de 1791, una comunidad de doscientos diecisiete miembros, establecidos en el barrio de Santa María y en el de Capuchinos. Casi todos se dedicaban al comercio, especialmente a la venta de ropa. Desde allí se extenderán hacia otros lugares, como el Puerto de Santa de María, Conil  o Vejer. Que  Barbate acabe vinculándose a uno de ellos no es por tanto ninguna extrañeza.
Lo que nos dicen los documentos sobre el Maltés
Que la existencia de Pablo Malia no era producto de la imaginación y que vino de Malta, junto a otros puntos contenidos en la tradición, puede comprobarse perfectamente en los legajos existentes en el Archivo Diocesano de Cádiz, en el Archivo Provincial e incluso en el Archivo de Simancas. O sea, en contra de lo sostenido por algunos, no sólo es perfectamente demostrable su existencia, sino que además lo es más que muchos que vivieron en aquella época. Y ello por dos causas: su condición de extranjero, que lo obligó a trámites burocráticos extraordinarios, y su particular manía por reflejar en papeles todos sus negocios.
Ateniéndonos a la documentación existente, en esencia actas matrimoniales y protocolos notariales, podemos realizar un recorrido, inevitablemente parcial, por la vida del maltés: nació en 1738, en un lugar impreciso del archipiélago de Malta, siendo bautizado con el nombre de Paulo Mallía. Parece ser, pues no es totalmente seguro, que sus padres eran Miguel Mallía y Rosa Galitazzo.
Nada conocemos de su infancia, sólo que abandonó su patria, para no volver jamás, a la temprana edad de quince años, o sea, hacia 1753; lo acompañaba un primo hermano  llamado Pedro Borrer, y  Sebastián Mallía, su tío. Durante tres años, Pablo y sus parientes se dedican a la venta de géneros, deambulando de un lugar a otro -desconocemos qué lugares- sin residir más de veinte días en punto fijo. Finalmente desembarcan en Cádiz, luego van a Conil, y en este pueblo, al menos Pablo, establecerá su primera residencia.
Fue en Conil donde el Maltés conoció a la que sería su primera esposa, ignorada por la tradición, Francisca Paula Ferrer Rufano, con la que se casará a los diez meses de residir en la localidad. Ella era de una familia muy humilde, como lo prueba el hecho de que únicamente aportó al matrimonio una dote de 560 reales de vellón en ropa de vestir. O sea, iba con lo puesto. El matrimonio tuvo lugar en Enero de 1757 en la parroquia de Sta. Catalina de Conil, y de él nacerá un hijo, Miguel, que fallecerá aún niño, y una hija, Rosa María, que al correr de los años se casará en Vejer.
Al cambiar de estado civil, Pablo probó a cambiar de  vida,  y aunque no sabemos si dejó su oficio de trotamundos, en la época que nacen sus hijos -1760- era dueño de una tienda de paños y lienzos en el mismo Conil, además de tener una casa en propiedad, situada en la calle Ancha y adquirida por compra a un tal Sebastián García Bernal. Pero la tienda no debía ser muy rentable, pues al menos desde 1762 se dedica a la pesca, ya que ese año vende la mitad de una barca al conileño Juan de Oliva, a quien se la había comprado con anterioridad. Es decir, la tienda no le iba bien, y la pesca no podía menos.
Para colmo de males, en ese mismo año de 1762 fallece su mujer. Mucho tiempo después el maltés resumiría en una frase la situación paupérrima en la que lo dejó Francisca: "No quedaron bienes suficientes para satisfacer las deudas contraídas durante el matrimonio".
Pero, ¿qué deudas eran esas? Está claro que Pablo había arriesgado para instalar su tienda, pues el montante de la trampa, sobre 4.500 reales de vellón, lo había contraído en géneros de ropa que había adquirido para la venta. Uno de sus problemas, desconocemos si el principal, era que había estado vendiendo a fiado: los clientes le debían, a la muerte de Francisca Paula, 1.000 reales de vellón. Es probable que ella hubiese estado atendiendo el negocio, mientras él se dedicaba a la pesca. Lo cierto  es que ni uno ni otro tuvieron suerte en la empresa común del matrimonio, que apenas duró un lustro. Es más, en la época que enviudó, Pablo no tenía claro a que se dedicaría en adelante, pues afirmaba "no tener con que buscar la vida ".
Al año de fallecer Francisca Paula, en 1763, Pablo se vuelve a casar. Su nueva esposa es la que recuerda la tradición como tía Juana Barrera, y su nombre completo es Juana Barrera Espino, viuda de un tal Antonio José Romero, quien había fallecido en La Habana, siendo artillero de mar, a resultas del ataque inglés contra El Morro en 1762, en el cual destacó especialmente este cuerpo de la armada. Que se sepa, Juana no había tenido ningún hijo con su difunto marido. Además, la dote que aporta al matrimonio, 3.418 reales en bienes y prendas, y un arte de jábega de su padre valorado en 2.475 reales, suponen algo más que un respiro para el Maltés. La suerte de Pablo cambió.
Entre 1763 y 1778, el Maltés no da señales de vida, quince años en los que parece perdido. No es mal síntoma, pues al menos significa que no está empeñando nada. Lo que sí estaba era mudando de aires, ya que es entonces cuando se traslada a Vejer, y es posible que en esos quince años se dedicase a trabajar en Barbate. Sirvan como prueba las palabras del historiador Antonio Muñoz Rodríguez: "A finales de esta década (hacia 1770) la actividad comercial se anima con la llegada (a Vejer) de un grupo de comerciantes malteses: los hermanos Francisco y Fortunato Durante, Benito Cosquier, José Canolo y Pablo Malia".
Al maltés debía de irle la cosa bien, pues en 1778 compra un falucho que se hallaba surto en río Barbate a un tal Juan Montaner, natural de Sitges: "Vendo y doy a venta por juro de heredad desde hoy en adelante para siempre jamás a favor de Pablo Malia vecino de esta memorada villa de Vejer, el memorado falucho nombrado San Juan, porte de 60 quintales que está anclado en este río de Barbate, con su arboladura, velamen, jarcias, cabos, remos, anclas y demás pertrechos que tiene y lo constituyen en estado de hábil navegación".
El  Maltés residía en Vejer, pero trabajaba en Barbate. Es posible que por estas fechas decida construirse un local en el mismo Barbate a fin de recoger los pertrechos de su barco, según dirá sin concretar fecha años después: "un cuarto en el sitio de Barbate, que siendo solar compramos a Miguel Camacho, vecino de Conil, de que sólo nos solemnizó la venta con un papel simple en presencia de tres testigos".
Nótese la forma de nombrar a Barbate, como sitio, y no aldea, y lo peculiar de la venta, un vecino de Conil que es propietario sin escritura notarial alguna, lo que demuestra que la gente de Conil tenía estrechas relaciones con la zona, indudablemente derivadas de la pesca, y que en aquellas fechas era difícil contar con propiedades escrituradas en relación a los terrenos concejiles de Vejer en la desembocadura del Barbate.
La compra del falucho y del cuarto en Barbate fueron el segundo gran acierto del Maltés después del braguetazo con la Barrera. De golpe, le llega una suerte con la que no había ni soñado, gracias a la cual se permite adquirir diversas propiedades. Así, en 1790, compra un huerto en La Barca de Vejer; por estas mismas fechas y según su testimonio,  debió adquirir las casas que poseía a su muerte en la calle Juan de Sevilla en Vejer, otras en Cantarería y otras en La Mimbre, además de una viña en el pago de La Oscuridad. La guinda la puso en 1792, comprando una casa-horno en el barrio de San Miguel de Vejer, por encima de la calle Cantarería Vieja. Ésta será la verdadera casa familiar de los Malia, según la referencia del propio Pablo, quien dice "casas de su morada en San Miguel", que edificará sobre unas ruinas, y que no será precisamente pequeña, a juzgar por las siete partes que de ella hicieron luego sus herederos para venderla. También debió por aquel entonces de adquirir en Barbate una tienda para despachar vinos, "una bodega con cuatro botas", situada quizás junto a la habitación que se construyese antes, si es que es la misma que luego poseerá un tal Agustín Muñoz Molina,  en la que más tarde se conocerá por calle Real, y que entonces era un camino real procedente de Vejer que iba a morir al río.
La cosa iba por tanto viento en popa, pero entonces enfermó Juana Barrera: corría el año de 1794. De aquella fecha es al menos el primer testamento de los tres que hizo la mujer de Pablo. Hasta 1805 no fallecerá, pero aquellos dos lustros y pico de larga enfermedad debieron ser bastante desdichados en la vida del matrimonio. Para colmo de males, la familia recibe la noticia de que el hijo Manuel, el más pequeño, muere allende los mares: "Manuel (...) de estado soltero, que de exercicio calafate pasó a los reynos de Indias, donde se dice ha fallecido". Si la tradición no nos engaña, Manuel murió víctima de un caimán que le arrancó una pierna. En cualquier caso, otro hecho de fondo constatado por la letra impresa.
Después de la muerte de Juana Barrera, en 1805, Pablo sufre otra pérdida, la de su hija Rosa María, que tuviera de su primera mujer, y única descendencia que le quedaba de aquel matrimonio: "cuando falleció estaba casada con Andrés Pantoja y dejó por su hija legítima a Pabla Pantoja".
Finalmente, el día 13 de Noviembre de 1807, a la edad de 69 años, fallece Pablo Malia. Su cuerpo, al  igual que el de Juana Barrera, será enterrado por decisión propia en el cementerio anexo a la Iglesia de San Salvador de Vejer. Hoy allí sólo quedan, como mudos testigos grabados sobre la pared, los huecos de las sepulturas.
 
 
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Vista áerea del puerto de La Valetta (Malta) 

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La calle Ancha de Conil donde residió el Maltés antes de trasladarse a Véjer. 

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Antigua calle de Los Malteses en Barbate.
  
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Calle San Miguel en Véjer, donde residió el Maltés.

BAESSIPO Y SUS CONSERVAS PESQUERAS.

(Texto: Antonio Aragón Fernández)
 

Introducción

Desde el siglo XIX se viene identificando la antigua Baesippo, citada en los textos de Pomponio Mela y de Plinio “el Viejo”, con la actual Barbate. Los numerosos restos de cerámicas, muros, piletas, etc. que desde entonces aparecen en cada construcción nueva que se acomete parecen cada vez más confirmar la idea de que la ciudad citada por dichos autores entre Bolonia y el Promontorio de Juno no es otra que ésta, haciendo además buena la frase de los abuelos del pueblo cuando dicen que debajo de Barbate hay otro Barbate.

¿Cómo de grande era la ciudad?

La inexistencia de un control sobre las nuevas construcciones y de las consiguientes excavaciones arqueológicas ha impedido hasta hace poco conocer datos esenciales sobre la antigua Baesippo. En primer lugar, parece lógico que la importancia de este enclave estaría directamente relacionado con su tamaño, pero los límites exactos de la ciudad no son conocidos. Podemos no obstante hacernos una idea a partir de su necrópolis o cementerio, cuya extensión más o menos sí conocemos. Y ello porque las necrópolis ya en tiempos romanos se ubicaban a las afueras de las ciudades. La de Baesippo, según todos los indicios, formaría un trapecio cuyos cuatro lados serían grosso modo: Plaza Inmaculada (norte), calle San Paulino (este), calle Agustín Varo (sur) y avda. Generalísimo (oeste); aunque distintos indicios indican que habría que agrandar un poco estos límites tanto al sur como al oeste.
Puesto que las actividades económicas que la distinguían eran las pesqueras, que además Plinio la cita como “puerto de Baesippo” y que estando el río no era necesario construir ningún puerto, es de suponer que la ciudad estaría ubicada entre la calle San Paulino y el río, desconociéndose totalmente sus límites por el sur, esto es, a qué distancia estaba de la playa. Así y todo, podíamos aventurar que el núcleo urbano se hallaba entre la calle General Varela (la de la imprenta Baro) y la plaza Onésimo Redondo (la del 4:20). Al menos esto parecía antes de realizarse una excavación arqueológica en las proximidades de la Casa de la Cultura.

La zona industrial 
 
En una excavación, llevada a cabo a fines de 2001, que tuvo lugar en la calle Padre Castrillón, no muy lejos de donde a mediados del siglo XX aparecieron los restos de lo que parece un templo dedicado al dios Mitra -una divinidad traída por los romanos a la península antes de la irrupción del Cristianismo en Occidente-, apareció una factoría de salazones romana o al menos parte de ella.
El conjunto que se prospectó parecía corresponder a unas dependencias de lo que debió ser una fábrica de salazones, formadas por un recinto abierto o patio con un pozo de agua y dos zonas de producción anexas al patio, donde se hallaron dos piletas de salazones.
Los muros de mampostería encontrados formaban la esquina de una habitación, posiblemente del siglo I d.C, la cual tendría la entrada hacia el este y poseería techumbre, según parece por la cantidad de tejas halladas. Se desconoce si esta habitación fue desde su origen parte de la factoría o primero perteneció a una domus o casa romana. Lo cierto es que en un momento posterior e indeterminado el muro norte-sur se amplía y a la vez se le anexa un pavimento de ladrillos y tejas, seguramente para descuartizar y preparar el pescado.
Este pavimento merece una análisis especial, puesto que es un elemento que no va a pervivir, que sepamos, en los sucesivos complejos almadraberos que se van a dar a lo largo de la historia. Sí existen paralelos en la Antigüedad, pudiendo documentarse estructuras de este tipo desde los tiempos de las primeras instalaciones, como en la factoría púnica de Las Redes, donde se hallaron los restos de una habitación con “suelo inclinado hacia el mar y cubierto con un pavimento compuesto de pequeños guijarros mezclados con cal y cerámicas trituradas. Su utilización sería de almacenamiento y limpieza del pescado” ; igualmente, García y Bellido  menciona en la factoría romana de Bolonia una sala cuyo suelo “formado, como los depósitos, de un conglomerado artificial fraguado en cemento, estaba ligeramente inclinado hacia el mar”. Dicho suelo serviría para limpieza del pescado.
El suelo hallado en Padre Castrillón tendría en origen unos 4 m/2  y se había realizado a base de ladrillos compactos de arcilla con pigmentación verduzca; su pendiente era de unos 10º y  poseía una acanaladura para desaguar líquidos como la sangre y el agua residual producto de la limpieza del suelo. 
Un nivel de pavimentación incompleto, de unos 6 m/2 , nos podría hablar de otra superficie preparada para tratar el pescado, así como dos piletas, de 1,4 y 1,3 m/2 respectivamente, evidencian el proceso de salado del mismo. Éstas piletas se abandonan en época tardía, según se deduce del hecho de haberse encontrado cerámica a mano tardorromana, así como gran cantidad de monedas del Bajo Imperio en una estructura próxima formada por piedras con síntomas de rubefacción, niveles de ceniza, carbón y huesos calcinados, quizás un hogar  utilizado en el proceso de elaboración salsaria.
En resumen, la excavación de 2001 vino a ubicar el lugar exacto de la factoría barbateña, refrendado por los testimonios de vecinos que mencionaban piletas idénticas y restos de moluscos en las proximidades. La cercanía del río y la mención de Plinio como puerto (Portus Baesippo) parecen no dejar dudas al respecto, ya que, como escribe Lagóstena, “numerosos son los portus peninsulares que acogían instalaciones conserveras, in situ o en su entorno inmediato”. Todo ello nos lleva a pensar en una estructura urbana similar a la de Bolonia, con las piletas de salazón frente al lugar donde se desembarca el producto básico para la industria, y tras ellas las viviendas urbanas. Claro que esto no deja de ser una mera hipótesis.

¿Qué se cocía aquí?

El uso dado a la factoría venía confirmado, no sólo por su tipología, sino por la presencia de numerosos restos de fauna marina. A este respecto fue decisivo lo hallado dentro del pozo aparecido en la excavación, dado que se colmó con material de deshecho en la misma época romana, apareciendo por ello como una especie de cápsula del tiempo. En concreto, el hallazgo en su interior de un nivel muy potente de restos de erizos lleva a pensar en la utilización de este equinodermo como materia prima para la elaboración de un tipo de salsa de pescado (garum)  conocido como allex. Dichos restos, de más de 6 Kgs. de peso, habrían sido vertidos al pozo en un momento de la vida de la factoría en el que la extracción de agua de su interior se había hecho imposible, ya sea por desecación o por contaminación.
Sea por lo que fuere, el pozo había sido cegado intencionadamente, primero con una gran piedra de arenisca, que debió obligar a trabajar al menos a tres hombres para depositarla en su interior; más tarde, aunque de menor tamaño, se embocaron otras dos de distinto tipo, y entre ellas el nivel mencionado de erizos, restos de vértebras de pescado y también numerosos huesos de animales domésticos, especialmente conejos. La proporción mayor de éstos últimos nos lleva a preguntarnos si los trabajadores de estas factorías no eran más amigos de consumir carne que de comer el propio producto que ellos elaboraban, o si  la misma carne no era  también materia prima de la industria conservera.
Como es sabido, todos los productos de esta industria eran envasados en grandes ánforas y exportados a diversos lugares del Imperio Romano, principalmente a la misma Roma, pero también a otros destinos tan significativos como las Islas Británicas o las fronteras de centroeuropa, donde servían de alimento a las tropas que conformaban las legiones.
En resumen, la excavación de la factoría de Padre Castrillón vino a confirmar la pertenencia de Baessipo y los barbateños de entonces a la industria más interesante del Imperio Romano: la pesquera, que, con altibajos, funciona en toda la Bética entre los siglos II a. d. C. y VI d. C.; igualmente ha descubierto la ubicación exacta de la factoría (aún sin límites definidos), poniendo de relieve el uso de determinados productos del mar hasta ahora poco valorados, e incluso negados como materia prima por algunos, y que, a medida que se vayan realizando excavaciones, irán cobrando sin duda protagonismo.
Hoy, puede reconocerse el lugar donde se excavó porque  la construcción realizada sobre el mismo alberga una placa en la que se  lee: “Edificio El Pozo Romano”. Pueden fijarse cuando pasen por la calle Padre Castrillón.




 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 



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