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Dimanche 5 septembre 2010
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Sinopsis Histórica de Barbate.
Pablo Malia (Pablo El Maltés).
Baessipo y sus Conservas Pesqueras.
Desde la Prehistoria todo asentamiento en Barbate se ha vinculado al mar, una gran riqueza marina, auspiciada por el río que da nombre a la ciudad, ha posibilitado la estancia en estos lugares de gentes desde los tiempos más remotos. Recientes excavaciones lo demuestran, siendo el material lítico abundante y vinculado a las grandes posibilidades de alimentos que ofrecía nuestra costa.
Históricamente, se atribuyen a los fenicios las primeras explotaciones de nuestros recursos de forma organizada. Fueron ellos los que implantaron en nuestras costas el sistema de la almadraba, introduciendo al antiguo Barbate en el llamado circuito del Estrecho. Los cartagineses, parientes de sus antecesores fenicios, tomaron el relevo y a partir de entonces, allá por el siglo V a. C., los griegos de Atenas comienzan a mencionar el garum procedente del litoral gaditano. Se trataba de una especie de salsa elaborada a partir de atún, morena y caballa.
¿Cuándo y dónde aparece el asentamiento feno-púnico en Barbate? No lo sabemos. Seguramente en cualquier fecha posterior al siglo X a.d.C., en la que ya están en las inmediaciones de Cádiz (Doña Blanca). Ningún yacimiento arqueológico ha mostrado hasta ahora de forma clara la presencia de los fenicios en esta zona, no obstante haber aparecido restos de ánforas en las inmediaciones del río, vía supuesta de introducción y extracción de mercancías. Es posible que la ocupación púnica o indígena-púnica se haya efectuado de forma análoga a Bolonia, es decir, haya existido un asentamiento en algún lugar alto próximo a la ensenada barbateña previo a la llegada de los romanos. Lo cierto es que el nombre de Baessipo, con el cual se conoció a Barbate en la antigüedad, es anterior a Roma (es muy probable que tenga un origen celta). Lo pone de manifiesto Plinio el Viejo, allá por el siglo I d.C., diciendo que era un puerto y una ciudad estipendaria, esto es, que pagaba tributo por su resistencia a la ocupación romana.
Pero tanto Baessipo como tolas ciudades de la Bética (Andalucía Occidental) aceptaron pronto el dominio romano, es más, se beneficiaron en sumo grado de él. Es entonces cuando toda la zona del Estrecho cobra mayor entidad, y ello debido a dos circunstancias principales: la seguridad impuesta por el imperio (Pax Romana) y la ampliación de los mercados con las posibilidades que ello implicaba para una economía de producción a lo largo de las costas del Estrecho. En consecuencia, el núcleo de población existente en época romana a la boca del río ha de ponerse en relación con todo el rosario de factorías existentes en las costas del sur peninsulares y del norte africano. Esta economía de producción fue haciéndose más rentable a medida que el Imperio Romano crecía y se consolidaba, por ello no es de extrañar que su cenit tarde en llegar y lo haga en una época considerada de crisis en muchos aspectos, pero que indudablemente no lo fue para la zona gaditana, al menos en cuanto a las factorías de productos pesqueros. De hecho, aún tras la invasión de pueblos germánicos, los centros productivos, tal como se ha constatado en el mismo Barbate, siguen funcionando, y su eclipse no llegará hasta que la demanda, principalmente itálica, no se eclipse en virtud de la quiebra total del Imperio.
Son numerosos los vestigios de la antigua Baesippo que han podido constatarse: un supuesto templo dedicado al dios Mitra pudo haberse ubicado donde hoy se halla la Casa de la Cultura. Sus restos aparecieron en la década de los 60 y no se realizó una excavación en toda regla que hubiese despejado dudas; la necrópolis de Barbate es conocida al menos desde el siglo XIX, y por su extensión debía responder a un asentamiento importante; en cuanto a la vinculación de Barbate a la economía pesquera, recientemente se han realizado unas excavaciones de una factoría de salazones en el casco antiguo, las cuales vienen a demostrar científicamente lo ya conocido o supuesto por fuentes escritas u orales.
Con la caída del Imperio Romano vuelve la inseguridad a las costas, y se pierden –como queda dicho- los mercados tradicionales, al tiempo que se producen dos hechos de importancia en los posteriores siglos: el triunfo del Cristianismo sobre las religiones paganas y la condición del predominio del mundo rural sobre el urbano. Ambos se van a hacer patentes aquí con la fundación de varias ermitas, entre las que destaca la de San Paulino (actual ubicación de la Casa de la Cultura de Barbate); la de San Ambrosio (todavía conserva parte de su primitiva estructura) y la de la Oliva (a 5 Km de Barbate y en el término de Vejer, conserva el testimonio de su fundación).
Los avatares de la Reconquista convertirán esta zona en línea fronteriza, despoblada hasta el punto que Alfonso XI (mediados del XIV), establece el perdón a los homicidas que vengan con armas a Tarifa un año y un día. Parecida suerte debieron de tener nuestras almadrabas, pues en poco tiempo adquirieron fama por la baja ralea de su gente. Las tierras conocidas como Hazas de la Suerte formaron parte de aquellos incentivos que concedieron los reyes en su deseo de proteger la frontera y repoblar la zona. En la larga guerra contra los árabes tiene su origen la Casa Ducal de Medina Sidonia, que extenderá sus dominios por toda la comarca y explotará sus almadrabas.
Expulsados definitivamente los seguidores de Mahoma de España, la inseguridad en las costas se acentúa, erigiéndose durante el siglo XVI junto al río Barbate el Castillo de Santiago, destinado a proteger su entrada, además de levantarse por orden de Felipe II una serie de torres-vigía a lo largo del litoral de las que pertenecen en nuestros alrededores la del Tajo, Meca y Camarinal.
A finales del siglo XVIII llega a Barbate un maltés llamado Pablo Mallía, primero de los sucesivos inmigrantes que irán conformando el carácter del pueblo, según recoge una tradición que ha pasado de padres a hijos, y que viene refrendada por la existencia de numerosos testimonios documentales.
En los inicios del siglo XIX un acontecimiento bélico convierte a Barbate en el centro de atención de la política nacional. Aliada del ejército francés, la armada española al mando de Villeneuve sufrió una terrible derrota el 21 de octubre de 1805 frente a la escuadra inglesa dirigida por Nelson. La batalla, que tuvo como escenario las aguas de Los Caños de Meca frente al Cabo Trafalgar, tomó de éste el nombre para pasar a ser conocida como uno de los episodios más desdichados de la historia naval española.
Durante todo el siglo XIX la localidad pasa por ser una pequeña y humilde aldea de la que apenas queda constancia, como la de un incendio que la asoló (mediados del XIX) cuando apenas contaba con cincuenta vecinos. Con la explotación de las almadrabas por la familia Romeu a finales de XIX, se produce el gran revulsivo que la economía local necesitaba, multiplicándose la población por veinte en poco tiempo.
A principios del XX Serafín Romeu Fages, culto, burgués monárquico y liberal mostró interés en la mejora del pueblo y costeó o ayudó a financiar varios edificios, como el Pósito de Pescadores, el actual cementerio o un colegio a las afueras del pueblo (hoy Parvulario y oficina de Fomento).
Mientras tanto, la gran actividad pesquera desplegada por la villa en las costas norteafricanas –merced al protectorado español ejercido en Marruecos y a la introducción del motor en los barcos de vela- lleva a un apogeo económico y social sin precedentes que la convierte en el segundo puerto pesquero de España por volumen de capturas, superando en población al municipio matriz de Vejer por vez primera en su historia. De esta época han quedado en la memoria colectiva personajes como, además de Serafin Romeu, el escritor Miranda de Sardi, el empresario Aniceto Ramírez, el farmacéutico Tato Anglada... Ellos promovieron la salida a la luz pública de tres diarios: El Heraldo de Barbate, La Independencia de Barbate y El Destello. Todos lograron concienciar a una gran parte de la población de la necesidad de independizarse del municipio matriz de Vejer. Esta desvinculación se produjo en 1938 y Agustín Varo Varo sería el primer alcalde pedáneo de Barbate.
En plena vitalidad económica y demográfica se inaugura el nuevo puerto pesquero (1961), logro empañado pocos años después por las medidas restrictivas marroquíes en relación con los caladeros tradicionales de Barbate. El crecimiento poblacional, acelerado desde la independencia, tocó techo en la década de los 60, llegando a contabilizarse –fuera de censo- a unos 25.000 habitantes. El sector turístico, en principio minusvalorado, fue adquiriendo importancia a la vez que entraba en declive el pesquero, precisamente cuando el consumo de pescado alcanzaba en España cotas inusitadas y había ya que importarlo de otros países.
La expropiación de la Sierra del Retín (incluyendo las Hazas de la Suerte) por el Ministerio de Defensa en 1982, la declaración como Parque Natural de los Montes de la Breña y el acantilado (junto, más tarde, con las marismas) por el Parlamento Andaluz en 1988, y el fin de los convenios pesqueros con Marruecos coincidiendo con el ocaso del siglo XX, son los acontecimientos más señalados en la vida de Barbate en estas últimas décadas.
La calle Ancha de Conil donde residió el Maltés antes de trasladarse a Véjer.
Introducción Desde el siglo XIX se viene identificando la antigua Baesippo, citada en los textos de Pomponio Mela y de Plinio “el Viejo”, con la actual Barbate. Los numerosos restos de cerámicas, muros, piletas, etc. que desde entonces aparecen en cada construcción nueva que se acomete parecen cada vez más confirmar la idea de que la ciudad citada por dichos autores entre Bolonia y el Promontorio de Juno no es otra que ésta, haciendo además buena la frase de los abuelos del pueblo cuando dicen que debajo de Barbate hay otro Barbate. ¿Cómo de grande era la ciudad? La inexistencia de un control sobre las nuevas construcciones y de las consiguientes excavaciones arqueológicas ha impedido hasta hace poco conocer datos esenciales sobre la antigua Baesippo. En primer lugar, parece lógico que la importancia de este enclave estaría directamente relacionado con su tamaño, pero los límites exactos de la ciudad no son conocidos. Podemos no obstante hacernos una idea a partir de su necrópolis o cementerio, cuya extensión más o menos sí conocemos. Y ello porque las necrópolis ya en tiempos romanos se ubicaban a las afueras de las ciudades. La de Baesippo, según todos los indicios, formaría un trapecio cuyos cuatro lados serían grosso modo: Plaza Inmaculada (norte), calle San Paulino (este), calle Agustín Varo (sur) y avda. Generalísimo (oeste); aunque distintos indicios indican que habría que agrandar un poco estos límites tanto al sur como al oeste. La zona industrial ¿Qué se cocía aquí? El uso dado a la factoría venía confirmado, no sólo por su tipología, sino por la presencia de numerosos restos de fauna marina. A este respecto fue decisivo lo hallado dentro del pozo aparecido en la excavación, dado que se colmó con material de deshecho en la misma época romana, apareciendo por ello como una especie de cápsula del tiempo. En concreto, el hallazgo en su interior de un nivel muy potente de restos de erizos lleva a pensar en la utilización de este equinodermo como materia prima para la elaboración de un tipo de salsa de pescado (garum) conocido como allex. Dichos restos, de más de 6 Kgs. de peso, habrían sido vertidos al pozo en un momento de la vida de la factoría en el que la extracción de agua de su interior se había hecho imposible, ya sea por desecación o por contaminación.
Puesto que las actividades económicas que la distinguían eran las pesqueras, que además Plinio la cita como “puerto de Baesippo” y que estando el río no era necesario construir ningún puerto, es de suponer que la ciudad estaría ubicada entre la calle San Paulino y el río, desconociéndose totalmente sus límites por el sur, esto es, a qué distancia estaba de la playa. Así y todo, podíamos aventurar que el núcleo urbano se hallaba entre la calle General Varela (la de la imprenta Baro) y la plaza Onésimo Redondo (la del 4:20). Al menos esto parecía antes de realizarse una excavación arqueológica en las proximidades de la Casa de la Cultura.
En una excavación, llevada a cabo a fines de 2001, que tuvo lugar en la calle Padre Castrillón, no muy lejos de donde a mediados del siglo XX aparecieron los restos de lo que parece un templo dedicado al dios Mitra -una divinidad traída por los romanos a la península antes de la irrupción del Cristianismo en Occidente-, apareció una factoría de salazones romana o al menos parte de ella.
El conjunto que se prospectó parecía corresponder a unas dependencias de lo que debió ser una fábrica de salazones, formadas por un recinto abierto o patio con un pozo de agua y dos zonas de producción anexas al patio, donde se hallaron dos piletas de salazones.
Los muros de mampostería encontrados formaban la esquina de una habitación, posiblemente del siglo I d.C, la cual tendría la entrada hacia el este y poseería techumbre, según parece por la cantidad de tejas halladas. Se desconoce si esta habitación fue desde su origen parte de la factoría o primero perteneció a una domus o casa romana. Lo cierto es que en un momento posterior e indeterminado el muro norte-sur se amplía y a la vez se le anexa un pavimento de ladrillos y tejas, seguramente para descuartizar y preparar el pescado.
Este pavimento merece una análisis especial, puesto que es un elemento que no va a pervivir, que sepamos, en los sucesivos complejos almadraberos que se van a dar a lo largo de la historia. Sí existen paralelos en la Antigüedad, pudiendo documentarse estructuras de este tipo desde los tiempos de las primeras instalaciones, como en la factoría púnica de Las Redes, donde se hallaron los restos de una habitación con “suelo inclinado hacia el mar y cubierto con un pavimento compuesto de pequeños guijarros mezclados con cal y cerámicas trituradas. Su utilización sería de almacenamiento y limpieza del pescado” ; igualmente, García y Bellido menciona en la factoría romana de Bolonia una sala cuyo suelo “formado, como los depósitos, de un conglomerado artificial fraguado en cemento, estaba ligeramente inclinado hacia el mar”. Dicho suelo serviría para limpieza del pescado.
El suelo hallado en Padre Castrillón tendría en origen unos 4 m/2 y se había realizado a base de ladrillos compactos de arcilla con pigmentación verduzca; su pendiente era de unos 10º y poseía una acanaladura para desaguar líquidos como la sangre y el agua residual producto de la limpieza del suelo.
Un nivel de pavimentación incompleto, de unos 6 m/2 , nos podría hablar de otra superficie preparada para tratar el pescado, así como dos piletas, de 1,4 y 1,3 m/2 respectivamente, evidencian el proceso de salado del mismo. Éstas piletas se abandonan en época tardía, según se deduce del hecho de haberse encontrado cerámica a mano tardorromana, así como gran cantidad de monedas del Bajo Imperio en una estructura próxima formada por piedras con síntomas de rubefacción, niveles de ceniza, carbón y huesos calcinados, quizás un hogar utilizado en el proceso de elaboración salsaria.
En resumen, la excavación de 2001 vino a ubicar el lugar exacto de la factoría barbateña, refrendado por los testimonios de vecinos que mencionaban piletas idénticas y restos de moluscos en las proximidades. La cercanía del río y la mención de Plinio como puerto (Portus Baesippo) parecen no dejar dudas al respecto, ya que, como escribe Lagóstena, “numerosos son los portus peninsulares que acogían instalaciones conserveras, in situ o en su entorno inmediato”. Todo ello nos lleva a pensar en una estructura urbana similar a la de Bolonia, con las piletas de salazón frente al lugar donde se desembarca el producto básico para la industria, y tras ellas las viviendas urbanas. Claro que esto no deja de ser una mera hipótesis.
Sea por lo que fuere, el pozo había sido cegado intencionadamente, primero con una gran piedra de arenisca, que debió obligar a trabajar al menos a tres hombres para depositarla en su interior; más tarde, aunque de menor tamaño, se embocaron otras dos de distinto tipo, y entre ellas el nivel mencionado de erizos, restos de vértebras de pescado y también numerosos huesos de animales domésticos, especialmente conejos. La proporción mayor de éstos últimos nos lleva a preguntarnos si los trabajadores de estas factorías no eran más amigos de consumir carne que de comer el propio producto que ellos elaboraban, o si la misma carne no era también materia prima de la industria conservera.
Como es sabido, todos los productos de esta industria eran envasados en grandes ánforas y exportados a diversos lugares del Imperio Romano, principalmente a la misma Roma, pero también a otros destinos tan significativos como las Islas Británicas o las fronteras de centroeuropa, donde servían de alimento a las tropas que conformaban las legiones.
En resumen, la excavación de la factoría de Padre Castrillón vino a confirmar la pertenencia de Baessipo y los barbateños de entonces a la industria más interesante del Imperio Romano: la pesquera, que, con altibajos, funciona en toda la Bética entre los siglos II a. d. C. y VI d. C.; igualmente ha descubierto la ubicación exacta de la factoría (aún sin límites definidos), poniendo de relieve el uso de determinados productos del mar hasta ahora poco valorados, e incluso negados como materia prima por algunos, y que, a medida que se vayan realizando excavaciones, irán cobrando sin duda protagonismo.
Hoy, puede reconocerse el lugar donde se excavó porque la construcción realizada sobre el mismo alberga una placa en la que se lee: “Edificio El Pozo Romano”. Pueden fijarse cuando pasen por la calle Padre Castrillón.